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Así se vive una noche con los taxistas de Ibagué

Por KARLA ZAMORA

 

Asumir la profesión de conductor no es fácil, en especial para quienes eligen ser taxistas. No se trata solo de manejar, sino de hacerlo con profesionalismo, responsabilidad, amor y mucha, muchísima paciencia y más cuando se trata de trasnochar.

Carlos Martínez, más conocido como ‘Ruglas’, lleva cuatro años en el gremio ‘amarillo’ y dice que, aunque esta es una labor bonita, también implica conocer y vivir todo tipo de historias, sobre todo en la noche.

LA CABRILLA acompañó a Carlos en uno de sus recorridos nocturnos para comprobar qué tan abrumadora es su ocupación bajo las condiciones que impone la oscuridad.

El trayecto inició en la Terminal de Transportes de Ibagué: Allí los taxistas hacen fila y esperan ordenadamente una próxima carrera, mientras tanto, toman tinto y hablan entre ellos.

Cuando es un día ‘muerto’ como los martes o miércoles que no hay tanta afluencia de personas, ellos ruedan por Ibagué para buscar otros lugares donde recoger gente. Sitios como hospitales, clínicas, moteles, bares y discotecas.

El turno de Carlos inicia a las 4:00 de la tarde y termina 12 horas después; dice que sobre las 8:30 debe tener la cuota que son $65.000, y las ocho horas restantes son para sacar lo de la gasolina, el lavado del carro y el ‘repique’, es decir, su salario.

 

Para calmar el hambre

A las 9:00 de la noche nos dirigimos a una de las panaderías Morata; allí les dan café con leche y pan. Según Carlos, este y otros establecimientos entienden la ardua labor de los taxistas y por ello deciden obsequiarles un refrigero o darles bonificaciones y descuentos cuando llevan carreras a sus locales.

Estas empresas tienen un acuerdo mutuo con los ‘amarillos’ para que les llevan clientes, y a cambio les dan una tarjeta en las que ponen un sello por comprador en sus locales. Una vez llenen el talonario, obtienen el beneficio ofrecido.

Esta tarjeta funciona en uno de los lugares más frecuentados donde los conductores comen: El restaurante ‘Doña Eva’. A Carlos le faltan dos sellos de la tarjeta para recibir una cena gratis.

El menú de Doña Eva es sencillo pero variado: “Nosotros optamos por tomar caldo para calentarnos en la fría noche. Me parece que la comida tiene un sabor tan casero y familiar, que deleita el paladar como en casa”.

 

‘Paño de lágrimas’

Mientras come, Carlos nos cuenta que en esta profesión le ha tocado lidiar con todo tipo de situaciones, desde borrachos que se bajan sin pagar la carrera hasta personas que se suben a un taxi sin rumbo fijo y solo buscan a un desconocido con quien desahogar sus penas.

“Una vez recogí a una persona en Ambalá, estaba hablando por celular y su llanto era desesperado, me pidió que lo llevara a Belén. Al ver que no paraba de llorar, le pregunté qué le pasaba y respondió que enfrentaba una difícil situación amorosa; paré el carro y hablamos por 10 minutos, después de eso se calmó y me agradeció”.

“En otra ocasión vi a una muchacha con el uniforme del colegio sentada en un andén, se veía como mareada e indispuesta. Le dije que si tenía algo y decía que no; cuando la vi pálida, la llevé a la Clínica Tolima, llamaron a los familiares y gracias a Dios todo salió bien”.

Horas después de salir del restaurante no hubo más carreras, la noche estuvo pesada, pues era martes. Carlos dice que en un día como este, los miembros de la ‘mancha amarilla’ esperan reunir la cuota y se van a jugar fútbol un rato, para distraerse de la monotonía del trabajo. Solo queda regresar a su hogar.

 

Doña Eva y sus consentidos

 

Hace nueve años, doña Eva Hurtado, quien trabajaba como cocinera en diferentes locales comerciales, tuvo el sueño de pasar de empleada a ser su propio jefe. Con los ahorros de su vida y el apoyo de su hijo, montó su restaurante. Dice doña Eva que al principio fue difícil, solo tenía un par de mesas, el sector tenía fama de inseguro y no había locales cerca.

Después de un tiempo, el negocio empezó a florecer y con el emprendimiento de ella y su hijo, y se ganaron el apoyo de los conductores amarillos. Ahora, el local tiene segundo piso, para atender a los clientes que cada día son más, dándole vida a una zona que por mucho tiempo había estado marginada.

 

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